Javier Arriero

Foto: Javier Arriero

Si lo tuyo es la creación literaria y nunca has encontrado un curso de literatura práctica (éste es on line) adecuado a tu bolsillo y que, encima, estuviera surtido de profundo y sustancioso contenido, quiero presentarte a Javier Arriero, un joven creador que, además de haber conseguido varios galardones y publicado tres novelas, ahora quiere inspirar a jóvenes artistas como tú a coger la pluma o el ordenador para convertirte en un auténtico escritor. Y lo logra, vaya si lo logra.

Haciendo gala del humor que le caracteriza, me comenta que escribir las tres novelas le han costado lo suyo, y no es para menos ¡menuda constancia y dedicación! Así que aquí te dejo los títulos de sus obras para que puedas comprobar el arte literario de este prolífico y joven escritor: ‘Si te nombro al revés’, Premio Liceo Rubia Barcia-Ciudad de Ferrol (Galaxia, 2000); ‘Cinco millones de cerdos’ (Dilema, 2006), y ‘Siniestra’, (Plataforma, 2010). Actualmente, el autor se encuentra corrigiendo su próxima obra que, causalmente, coincide con esta moda de hablar de seres mitad hombre, mitad otra cosa. De hecho, de sí mismo dice que él es el animal instintivo que todos llevamos dentro, y también el ciudadano civilizado que trata de silenciarlo.

Esta última novela de Javier versa justamente sobre hombres lobo y no me deja de sorprender porque, aunque probablemente se titule ‘Hombre lobo hombre’, según me cuenta, la obra es un “viaje de ida y vuelta hacia el animal instintivo que todos llevamos dentro, y que decide por nosotros más a menudo de lo que creemos, como una especie de voluntad en la sombra que tratamos inútilmente de acallar”. Vaya, promete, ¿no es así?

El curso del que te hablaba al principio se llama ‘Bloomsday’, podéis curiosear en su página y deleitaros con la alegre sabiduría de este chico. ¿El título? Pues una alusión al ‘Ulises’ de James Joyce, que no le gusta en absoluto. No, ahora en serio, tenéis una completísima explicación más abajo, en la entrevista que le he hecho. ¿Será posible, tal y como aventura en su página Javier, que consiga de sus pupilos una comprensión más completa y reveladora de sí mismos y del mundo? Habrá que averiguarlo, en serio… me está tentando inscribirme al curso, durante los 90 días que dura, por tan sólo 49 euros al mes. ¿Alguien se apunta? Desde luego, es la única manera de comprobarlo. ¿Habéis visto los títulos de los apartados del temario? Quien tenga sensibilidad que disfrute. Mientras, te dejo con la entrevista al autor y profesor de literatura, que se pone la profundidad por montera sin dejar de lado el humor.

¿Es el primer curso de creación literaria que imparte?

Sí, pero antes de ofrecer el curso al público en general, realicé un ensayo con varias personas de diferentes edades y con diferentes niveles de conocimiento previo, que querían aprender a escribir, pero que por distintas razones no habían podido hacerlo. De ese modo pude ajustar los contenidos, y ver los resultados. Lo primero que obtuvieron los alumnos fue un objetivo.

Al enfrentarse a ejercicios concretos, que iban a ser leídos y comentados, tuvieron un motivo concreto para sentarse a escribir, y para esforzarse al hacerlo. En cierto modo, cambió su perspectiva. Ya no escribían de alguna manera para sí mismos, escribían siendo conscientes de que al otro lado del texto había alguien; fueron muy conscientes de la existencia del lector, de la necesidad de seducirle y convencerle. Lo que parece evidente no siempre lo es tanto. El lector no es un ente neutro que va aceptar lo que le pongamos delante. A menudo olvidamos que escribimos para comunicar, y que para poder hacerlo tenemos que pensar tanto en el mensaje como en el que va a recibirlo.

¿Aprendieron a distanciarse de sus textos?

Claro, dentro de lo posible, ya que esta práctica es esencial para poder evaluarlos con perspectiva. Una crítica a un texto no es un ataque personal, y un texto no somos nosotros. Escribir es casi siempre un asunto solitario en el que no hay mapas, el mapa debe encontrarlo uno mismo, y el medio más efectivo para encontrarlo es errar. Pero tienes que ser capaz de identificar dónde yerras, y para eso tienes que tratar de ser objetivo con tus fallos. A veces hay mucha distancia entre lo que querías contar y lo que realmente cuentas, y hay que ser consciente de ello para que el texto no se te vaya de las manos.

¿Qué otras cosas aprendieron estos alumnos?

Dejaron de ser acríticos en sus lecturas. Comprendieron que, como lectores, también tenían que ser tenidos en cuenta, no eran sujetos pasivos que debían recorrer las líneas que tenían delante sólo porque alguien decidió escribirlas, y que un texto eficaz debe responder a una serie de preguntas básicas: qué cuento, para quién lo cuento, cómo lo cuento. Y de ese modo descubrieron que algunos textos, más allá de las apariencias, apenas cuentan nada, y otros cuentan mucho más de lo que parece. Pero, también aumentó su autoexigencia.

En principio puede parecer que eso produce cierto bloqueo. En la práctica, sirve para descartar impulsos e ideas que probablemente no van a llevarte muy lejos, y te permite dedicar todo tu esfuerzo a aquellas ideas más potentes que realmente merecen la pena. Se trata de pensar más de lo que escribes, no de escribir más de lo que piensas. Así que ahora leen y escriben de otra forma. No entro en si eso va ligado a una transformación personal, pero si lees de otra manera y escribes de otra manera quiere decir que ves el mundo de otra manera.

¿De qué manera le ha influenciado el personaje principal del ‘Ulises’ de James Joyce, Leopold Bloom, para llamar al curso on line de literaria práctica que imparte ‘Bloomsday’? ¿Ha participado alguna vez en este evento en Irlanda?

No sólo no he participado en este evento, además la única vez en que he visitado Irlanda, la casa-museo de James Joyce estaba cerrada por obras. Pero no importa, porque creo que el verdadero lugar del arte es la calle y la mente, no los museos. James Joyce nos enseñó en Ulises que cada día es en sí mismo una novela, que las experiencias pequeñas son las más importantes, y que la vida es más ancha que larga, así que hay que abrir los ojos para poder verla en toda su amplitud.

Como creador, ¿cómo se logra que un texto penetre y resuene en el lector?

Abriendo silencios que le inviten a pensar, a poner en marcha su imaginación, que le permitan entrar en el texto y llenarlo desde su experiencia personal, hacerlo suyo. En la novela moderna el lector no es un mero espectador pasivo, es el sentido mismo del acto creador, la otra mitad, lo que completa la obra, y es en su mente donde el texto vive, prende, respira y se expande. La relación entre autor y lector es un diálogo, casi una lucha, entre dos percepciones, y también un ejercicio de seducción constante. Los textos ineficaces suelen ser impermeables, tienden a olvidar que hay alguien al otro lado de la línea.

Afirma que este curso permitirá a los jóvenes creadores ‘alcanzar una comprensión más completa y reveladora de sí mismos y del mundo’. ¿Qué es necesario para conquistar esta meta?

La literatura amplía nuestra propia experiencia a través de la experiencia ajena, y por medio de ese esfuerzo de empatía solemos descubrir que parte del otro también habitaba, de forma inesperada, en nosotros mismos. Incluso aunque, como creadores, sólo recurriéramos a nuestra autobiografía, al narrar nos vemos obligados a hacer una selección de los hechos que consideramos más significativos, y ya esa sencilla selección nos está diciendo algo acerca de nosotros mismos. Pero, yendo más allá, la construcción de un personaje requiere ver y sentir desde los ojos de otro, vestir su piel, y ese esfuerzo nos abre una nueva ventana al mundo.

¿Qué significa iluminar con la literatura? ¿Es el encuentro con la propia voz lo que permite al escritor iluminar en lugar de deslumbrar? ¿De qué manera se logra usted hacer consciente de algo a otra persona?

La literatura no es como las matemáticas, no hay una solución única para cada problema. En el arte, como en la vida, las normas están para romperlas. Por eso es inútil subirse a un podio y decir desde ahí, así es como se hace, y de ninguna otra manera.

Desconfío de eso que se suele llamar estilo, y que a veces es sólo repetición de una fórmula. Cada historia requiere de sus propios mecanismos para ser contada, y cada autor debe escoger en cada paso su propia tradición, su propia voz, su modo de hacer. Pero para romper las normas primero hay que conocerlas, saber por qué existen y para qué sirven, y dotarse de los recursos necesarios para andar el camino. Ahí es donde es posible alzar el farol, para iluminar el camino, pero cada cual debe recorrerlo a su modo.

Observar la realidad con asombro es un don muy preciado. ¿Cómo despierta en los jóvenes escritores esta capacidad?

La narración es una mímesis de la realidad. Y para representar la realidad hay que observarla en toda su extensión. Si yo dijera, asómate a la ventana, verías asfalto, coches, edificios con ventanas. Puede que haya alguien asomado ahora mismo a una de ellas con cara de aburrimiento.

Ahora te digo, piensa en qué ve de ti esa otra persona que está asomada, mirándote. Nada interesante. Aparentemente. Ahora piensa en ella, pero piensa de verdad. En qué trabaja, qué ha desayunado, sí, pero también qué dice y qué calla. Imagina qué le mueve, qué cree que desea y qué desea realmente, piensa en su consciente y en su subconsciente, en su pasado, su presente y su futuro, en cómo juzga a cada uno de esos tiempos esa otra persona, y en cómo todos esos elementos se conjugan para conformar su identidad, y cómo guían sus pasos de modo a veces predecible, y a veces impredecible.  Y ahora, mira esta misma calle a través de sus ojos, y verás cómo la calle ya no es la misma, aunque lo siga siendo.

¿De qué modo alimenta una imagen?

Un lobo encontró un busto en el campo. Lo miró y olió. Pero, viendo que no era comestible, dijo: ¡Bella imagen!  ¡Qué lástima que no alimentes! Esta es una fábula de Esopo que ilustra que lo bello y lo significativo no siempre coinciden. Un texto puede ser aparentemente deslumbrante, pero el arte es comunicación, y si el texto no busca comunicar, es inane. La narración tiene que estar al servicio de lo que queremos contar, representar, transmitir. Una caja envuelta con un lazo es un regalo cuando la caja contiene algo. Cuando contiene nada, sólo es una especie de fraude. El lector merece mucho más que eso.

¿Cuál es la diferencia entre lo que hay y lo que veo, y lo que digo y lo que callo para un narrador?

La realidad es inabarcable. Un mapa que contuviera el mundo a tamaño real tendría que ser tan grande como el mundo. Como hemos visto al asomarnos a la ventana, hay un océano entre lo que hay y lo que vemos.

Y normalmente tampoco hay por qué decir todo lo que sabemos; además, solemos tener más preguntas que respuestas. En la representación, nos vemos obligados a seleccionar, a escoger aquello que es más significativo para contar lo que queremos contar de forma eficaz. De una adecuada selección depende la eficacia del texto.

Imagine que se nos ha complicado la comprensión de la obra de Stanislavski. Grosso modo, ¿cuáles son las pautas básicas para construir un personaje?

Un personaje es una selección. A grandes rasgos, cuanto más construido esté el personaje, mayores serán sus limitaciones. Y cuanto mayores sean sus limitaciones, más vivo parecerá. “Tenía yo once años justos, en 1857, cuando maté mi primer indio. Nunca he sabido cómo se llamaba. Pero el tocado de guerra que llevaba mostraba bien a las claras que se trataba de un jefe de tribu.”

Esto es el comienzo de la autobiografía de Buffalo Bill. En sólo tres líneas, Buffalo Bill ya se ha delimitado claramente. Tanto, que hay muchas cosas que no puede hacer, y muchas emociones que no puede sentir. No puede decir: “Pasé tres noches sin dormir con un horrendo sentimiento de culpa por haber matado a ese pobre indio cuyo nombre ni siquiera recuerdo”. Si obligamos al personaje a decir esto, el personaje deja de existir. Al igual que una palabra no puede significar cualquier cosa, un personaje no puede hacer cualquier cosa, porque deja de ser un personaje, una lógica, una voz, un punto de vista coherente.

Además de convertirse en un lector crítico, ¿qué otras virtudes tiene que desarrollar un joven escritor entusiasmado para aprender a escribir?

Un inmenso respeto por el lector. Debe tener en cuenta en todo momento que escribe para alguien, que ese alguien está escuchándole y que es muy inteligente, sabe cuándo una caja está vacía, por bonito que sea el lazo.  Debe tener en cuenta que en cada palabra, como autor, está estableciendo unas reglas implícitas del juego, y que el lector aceptará cualquier regla, pero abandonará el juego en cuanto el autor las rompa. El autor no debe nunca bajar la guardia ni permitirse la menor complacencia.

¿Cuándo nace un creador en Javier Arriero?

En cualquier momento. Como en todos nosotros.

En su opinión, ¿es necesario cursar estudios ligados a la literatura para convertirse en un gran escritor? ¿Puede un mecánico, por ejemplo, ser mejor escritor que un licenciado en filología hispánica?

Por supuesto que puede. Eso sí, probablemente le llevará más tiempo, más esfuerzo, y muchas resmas de papel tiradas a la papelera. Se verá obligado a lidiar en solitario con preguntas para las que ya se han ensayado muchas posibles respuestas. Llegará a ellas por sí mismo, pero, probablemente, llegará mucho más tarde.

Con ‘La foliada’ consiguió el Premio de Novela Joven del Instituto de la Juventud, ¿qué implica un galardón como este para un joven creador?

El camino de la literatura no es precisamente una autopista, para nadie, por renombrado que ahora sea. Detrás de todo escritor hay mil páginas tiradas a la papelera antes de que una sola de ellas llegue a los lectores. Todos se enfrentan con zozobra a cada línea, por muchas obras que tengan ya a sus espaldas, y el lector llega siempre mucho más tarde de lo que a uno le gustaría. Pero cada cima que alcanzas te pertenece, para siempre, y es irrebatible. Y desde ahí, descubres que el esfuerzo merecía la pena. Lo que se llama un espaldarazo, y son tan necesarios como una bocanada de oxígeno.

Hay escritores que intentan pergeñar una misión concreta, única, en todas sus novelas y otros que tienen un mensaje diferente para cada una de ellas. ¿Cuál es la verdadera esencia de Javier?

Creo que cada tema requiere de sus propios recursos para ser contado, emanan de aquello que queremos contar. Así que, si en cada obra contamos cosas distintas, tenemos que emplear mecanismos distintos para hacerlo. Probablemente, pese a ello, un autor sigue siendo reconocible en sus textos, porque suele orbitar alrededor de ciertos temas que le interesan especialmente.

¿Cuál es el tema que más le embriaga y del que no se cansaría de escribir?

Todos los días me sorprende la asombrosa complejidad de los seres humanos, empezando por mí, pero acabando siempre en los demás.

¿Qué espera de sus alumnos, Javier? ¿Y de la vida?

Me gustaría que mis alumnos fueran mecánicos, que al final del curso les haya ahorrado diez años de indagaciones en solitario y que al asomarse a la ventana vean realmente a quienes habitan en esas otras ventanas. De la vida espero que dure, no se le puede pedir más, del resto tenemos que encargarnos nosotros.