Son cuatro. Claro, por algo conforman un cuarteto. El ‘Cuarteto Quiroga’: Aitor Hevia, Cibrán Sierra, Dénes Ludmány y Helena Poggio. Tras una andadura cosechando triunfo, reconocimiento, ditiorambos de la crítica y aplausos por medio mundo, se han sentado en un estudio y han alumbrado ‘Stataments’ (que podría traducirse como ‘declaraciones’), un disco con obras de Haydn, Webern y Sollima.
¿Qué tiene el instrumentista Manuel Quiroga para seducirles hasta el punto de adoptar su nombre para la formación?
Es gallego… Manuel Quiroga es uno de los grandes violinistas, sin duda, pero también instrumentista de cuerda. Sin embargo, es una figura relativamente olvidada. Tuvo una carrera extraordinaria pero muy corta, truncada por un aparatoso accidente de tráfico. Nuestra intención era devolver su memoria a aquellos espacios en donde él habitó.
¿Qué pesa más el cuarteto o Quiroga?
El cuarteto, que somos nosotros; el nombre es un homenaje. Le da una cierta identidad al grupo, te permite partir de algo, pero el nombre no configura al grupo, nos podríamos cambiar el nombre y seguiríamos siendo el mismo cuarteto. Antes, los cuartetos recibían el nombre del apellido del primer violín, que era, además, quien con su personalidad arrastraba al resto, pero apenas si ocurre hoy en día. El repertorio para un cuarteto de cuerda no es un monólogo con comparsa, sino un diálogo de cuatro.
¿Qué es lo mejor y lo peor de trabajar en un cuarto?
Sentimos que lo más maravilloso de este grupo es eso mismo, ser cuatro en una formación, el cuarteto, en la que lo más importante es la discusión, que es lo que nos enriquece. Eso te permite relativizar tus opiniones. Se necesitan opiniones pero se rechazan dogmas.
La música de cuarteto es así, el resultado de un proceso de búsqueda por parte de los compositores, una manera muy concreta de dar forma sonora a imágenes, estructuras, ideas… y cuya interpretación también cambia con el tiempo. Porque, a su vez, la dialéctica tampoco para de fluir. El cuarteto es el laboratorio de una sociedad ideal, ilustrada, donde todos somos iguales pero todos asumimos responsabilidades.
¿Y no se echa en falta a veces ese primer violín, que marque la dirección en un momento de incertidumbre?
Somos cuatro, entre cuatro siempre encontramos una solución; algunas veces te convencen más y otras menos. De todos modos, nos vamos turnando, siempre hay alguien, digamos, que ve la luz, que nos ilumina, porque cada uno de nosotros tiene puntos débiles y otros fuertes. Por eso el cuarteto es el triunfo de la diferencia. La diversidad genera riqueza, eso lo notamos. Confrontamos la visión de cada uno de nosotros con la del resto, y siempre se saca algo en limpio, así el grupo crece. La herramienta de trabajo es el proceso de discusión.
Explican en el libreto del CD que cada pieza ha sido escogida porque supone una determinada declaración de intenciones. ¿Cuál es la declaración del cuarto?
Declarar al cuarteto como género instrumental de formación, como refugio de una praxis instrumental arriesgada, de una búsqueda constante, de un espacio donde acampe el diálogo, la diferencia y la discusión, que despliegue un compromiso por la diversidad, por ir al límite, por arriesgar, y siempre al servicio de la música.
¿La cuerda es más poética que el viento y que el metal?
No. Es diferente. Cada instrumento tiene sus bondades, bellezas, sus recursos… La cuerda tiene cosas que no tiene el viento. Un cuarteto de cuerda guarda una sonoridad similar de sus instrumentos, aunque con matices; un quinteto de viento, sin embargo, tiene instrumentos muy diferentes entre sí, con lo cual el empaste es distinto, y con unos márgenes de registro mayores. Tienen mayor volumen y potencia, pero la cuerda puede adquirir unos tonos de suavidad y delicadeza que no conoce el viento.
A la hora de interpretar ¿qué pesa más, lo que se cuenta o cómo se cuenta?
El texto es el inicio. Es lo más importante, si me apuras. Eso no quiere decir que el intérprete no tenga nada que aportar delante de la partitura. Somos un puente entre el público y el compositor. Somos el soporte, convertimos algo callado en música. Y en ese proceso de filtrado del silencio al sonido intentamos no ponernos por delante de la partitura, sino detrás, empujándola, pero sin renunciar al nuestra personalidad.



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