Lina Merugane tiene una prosa inquietante. Por lo menos, perturba. Se agradece. Ahora llega a España para presentar un libro inédito en nuestro país, ‘Las infantas’ (ed.Eterna cadencia), una historia en la que la infancia se adoba con la búsqueda de libertad, identidad y la violencia como partícipe en el contexto.

Acaba de reeditar con ‘Eterna cadencia’ su libro ‘Las infantas’. ¿Cómo fue su reencuentro con el texto más de diez años después?

Efectivamente, escribí este libro hace ya mucho tiempo, en 1998, pero lo terminé de revisar aquí en Madrid. Por eso, si lees el libro te das cuenta de que se filtró el juego de manejar la lengua como se habla aquí en España y como se utiliza en Chile, se vive esa tensión de la lengua. Al revisarlo ahora, la cabeza es otra, pero encontré en el libro algunos temas que me siguen interesando y que han aparecido en libros posteriores. Fue un encuentro y un desencuentro.

¿Contenta con el nuevo sello editorial?

‘Eterna cadencia’ es una editorial argentina bastante nueva con un lindo catálogo. Su oferta es muy interesante, más allá de mi libro. Hay voces que valen la pena, como Hernán Ronsino, Gabriela Cabezón Cámara y las antologías de cuentos que prepara son fantásticas.

¿Qué es lo mejor y lo más sombrío de la infancia?

Todas las etapas de la vida tienen algo bueno y algo malo, algo sombrío y algo claro. La infancia tiene la luminosidad de lo espontáneo, de lo que no está reprimido; hay un gozo previo a la norma y eso me parece lo rescatable de la infancia. Es lo que pasa con las infantas. El lado oscuro se manifiesta en el hecho de que los niños reproducen la violencia del mundo adulto.

¿Por qué hemos edulcorado tanto los cuentos para niños?

Quizás, tal vez porque nuestro mundo es tan violento que los padres tienen terror de exponer a los niños a la violencia, pero también podríamos hablar de un cierto menosprecio hacia la infancia, en tanto que creemos que los niños no van a entender, a saber enfrentarse a aprender de esa violencia. Ese edulcoramiento no nos prepara para la adultez, sino que nos quita responsabilidad. Es un error, aunque tampoco se trata de exponerlos del mismo modo que los niños que van a la guerra o los niños de Brasil.

¿Se puede renunciar a lo que uno ha sido, tal y como tratan de hacer las infantas?

Uno porta siempre lo que uno es; por más que se intente dejar atrás uno lleva consigo toda la experiencia que lo conforman como sujeto. Las infantas tratan de huir del padre y también huyen para descubrir quiénes son fuera del escenario que les tocó vivir.

El azar y el juego aparecen de manera tangencial pero certera en el libro. ¿Cuánto de azar tiene la literatura?

Muchísimo: uno se propone un libro y el libro que termina es otro, van entrando en juego muchas cosas que no controla. La literatura es el espacio del escape, de la fuga.

¿Proviene siempre la literatura de una fractura, de un vórtice?

Depende del escritor. Cada uno trabaja desde diferentes lugares. La literatura es un lugar de muchas preguntas y pocas respuestas. Se describe desde el después de un evento difícil, y uno se pregunta sobre aquello que sucedió. No toda literatura viene de un momento de crisis, pero sí de una interrogación.

De nuevo, la figura del poder, asociada en este caso al padre. ¿Los traumas de la infancia tienen cura?

Lo que le sucede a mucha gente en la infancia se conforman en elementos traumáticos que se quedan ahí, pero las personas tenemos muchos recursos para lidiar con esos episodios oscuros del pasado. Sí, somos la experiencia vivida, pero podemos optimizar o productivizar, digamos, el daño sufrido.

¿Qué le seduce de la literatura española?

Me seduce Lolita Bosh y Elvira Navarro, que presentó aquí mi libro. También me interesa mucho Andrés Barba, que trabaja escenarios de cierta disonancia social y crueldad.

Disculpe la pregunta, pero en el eterno –y ya, a estas alturas, un tanto aburrido- debate de la literatura escrita por mujeres como género, ¿qué opina?

Hay literatura escrita por distintos autores; la variable de género incide en la mirad de un autor, obvio. Ser mujer u hombre, de un país u otro, de una raza u otra lo determinan como escritor. De ahí a que la escritura de mujeres sea igual es como decir que todos los hombres escriben de idéntico modo.