
Foto. Alberto Torres Blandina
‘Mapa desplegable del sentimiento’ (Siruela) es la última entrega, distinta, intensa, áspera, de Alberto Torres Blandina (Valencia, 1976). Un libertino sacudido por una experiencia límite que le pone a prueba, un anodino dependiente de tienda de fotografía que duplica aquellas instantáneas de sus clientes que le seducen y una mujer engullida por un suceso trágico. Esta tríada se desdobla hasta concurrir en un mismo punto.
¿Cuál es el peor laberinto al que puede enfrentarse las relaciones humanas?
Tal y como lo planteo en la novela, el laberinto es quiénes somos nosotros; la historia habla de personas que creen que se conocen, que creen saber cómo van a reaccionar en un momento dado pero que, a la hora de la verdad, actúan de un modo contrario al que hubiesen imaginado. A veces abandonamos y a veces somos abandonamos; sólo en ese equilibrio entendemos toda la panorámica del asunto. No hay una pauta clara para movernos en nuestra mente.
“Nada está mal y eso convierte mi vida en una cárcel, una cárcel de repeticiones y de inercias, de horas siempre iguales”, afirma uno de sus personajes. ¿Cómo se combate la rutina, hay que hacerlo o convivir con ella pacíficamente?
La rutina que has elegido está bien. Al menos, eso creo. El personaje que pronuncia esa frase se da cuenta de que su vida es, más o menos, perfecta, luego no hay nada que cambiar. Ésa es su cárcel. Todas las elecciones tomadas le han ido comiendo el espacio y siente que no puede seguir siendo esa persona.
¿Qué clase de animal somos exactamente?
Soy muy pesimista en cuanto al hombre, porque pienso que como civilización no podemos degradarnos más. A veces deseo que venga el Apocalipsis. En mi anterior novela, ‘Niños rociando gato con gasolina’ también analizo la naturaleza humano a partir de un hecho tan terrible, y tan real, como el que unos niños sientan el impulso de quemar a un gato. Somos animales muy violentos. A mí me da miedo el hombre.
¿No puede ser que el horror, la violencia, tengan más y mejor publicidad que el lado más luminoso del hombre?
El personaje de Alberto lo dice: “lo bueno no sale en el telediario”. Tal vez, pero tengo la sensación de que una acción mala anula diez buenas… Y eso que escribir este tipo de historia me cuesta mucho más, que me meto en unos bucles depresivos… De todos modos compensé con mi novela ‘Cosas que nunca ocurren en Tokio’, una historia, como dices, luminosa.
“Nunca había pensado que un mero pensamiento daba ganas de vomitar”, reflexiona Alberto. ¿Qué pensamientos dan arcadas?
Sé que, en una ocasión, tuve uno que me produjo esa sensación física, pero no recuerdo qué pensamiento era. De todos modos, más que vomitar lo que me producen ciertos pensamientos son ganas de huir.
¿Importa la verdad o es “solo una limitación”?
Hay muchas verdades, ¿de qué verdad hablamos? Cuando hablo de la verdad o de la realidad me refiero siempre a una construcción personal y también social porque, a la postre, la verdad es una construcción de los medios de comunicación y de la clase política, que tratan de hacernos creer que las cosas son de una determinada manera.
Desde ese punto de vista, la verdad sí resulta una limitación, porque las cosas son de una determinada manera, pero pueden serlo de otra distinta. Hay gente que, con treinta años, cree que su vida está acabada sólo por el hecho de haber tomado decisiones erróneas.
¿Miedo escénico al cambio?
Sí, somos muy miedosos. Y eso que estamos en permanente estado de mutación, que no somos quienes éramos hace dos años. Pero nos cuesta asumir ese cambio.
¿Uno puede vivir sabiendo “que no tuvo el valor de arrancarse los ojos a tiempo”?
Esa frase tiene que ver con el modo en que actuamos en situaciones límites. El personaje de Alberto actúa de un modo que jamás hubiese pensado que actuaría, se queda paralizado y se obsesiona. Y no se perdona, desde luego.
¿Lo romántico puede ser vulgar?
Sí, de hecho si es romántico suele ser vulgar, si no, se es romántico de postín. El romanticismo es bastante vulgar. Me parece bien. Roberto Iniesta, el cantante de ‘Extremo Duro’ me resulta muy romántico, y es vulgar. En mis clases de castellano utilizo mucho una frase suya, “‘vomité mi alma en cada verso que te di”.
¿Con cuál de estos tres personajes se siente más identificado?
Con los tres y con ninguno. Les quité la voz porque, en cierto modo, son la misma persona.
¿De verdad que la única certeza que tenemos es que el amor se acaba?
Creo que sí. He vivido siempre las relaciones de esa manera; tengo pareja estable, soy muy feliz, pero tenemos la certeza de que se puede acabar en cualquier momento. Eso también es un buen incentivo para la propia pareja.
Jaime se queja de que la era digital ha hecho fosfatina su negocio de revelado fotográfico. ¿Qué aporta la era digital a un escritor?
Muchas cosas. Particularmente, me encanta la revolución tecnológica, ha creado un nuevo modelo de lector, y no podemos estar ajenos a esto; el escritor profundiza menos, pasa de unas cosas a otras de forma anecdótica… esto se advierte en la ‘Generación Nocilla’, que utiliza más el hipertexto que la lógica narrativa.
¿Sigues algún ritual a la hora de escribir?
Me levanto casi siempre a las 7:30 horas y escribo durante hora y media, antes de ir a trabajar. Por la mañana tengo las neuronas frescas. Siempre escribo con una taza de té y música clásica. Me encanta el rock, pero no funciona para escribir.
¿Cuáles son tus iconos, tus referencias literarias?
Borges me encanta… también me gusta Paul Auster, el Baricco de ‘Seda’, Vargas Llosa, Guillermo Arriaga…


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