
San Isidoro, una de las imágenes de la muestra
Maxín es un joven creador que enfoca la realidad desde el pliegue más humano que encuentra. El blanco y negro de sus fotografías mantienen, a día de hoy, en pleno siglo XXI, un efecto tan cautivador como hipnótico. Hay algo en ellas que seduce y que coquetea con la mirada del espectador como en un cortejo hermoso en el que lo estético y lo cotidiano se funden en un solo gesto.
La exposición, ‘Afinidad’, está compuesta por 20 instantáneas en las que la carga emotiva siempre recae en lo humano (incluso en la bellísima imagen en la que vemos a una Virgen parapetada en una hornacilla de piedra, aparece –y no es montaje- una paloma que descansa sobre las palmas, en actitud orante, de la escultura, un elemento vivo que, en este caso, humaniza lo pétreo; incluso en la muerte reflejada –dos calaveras fieras, contumaces, que atestiguan el futuro- queda el rastro de lo que una vez fue humano).
A este protagonismo humano se une el anonimato. La mayoría de los rostros que aparecen en las fotografías quedan ocultos (un mechón de pelo escondiendo las facciones, una mujer enfocada desde arriba cuando se agacha para echar a andar a su muñeca de lana, un saxofonista con unas vistosas gafas de sol…), quizás porque la intención es lo universal de la situación, del momento, del instante capturado.
También cabe destacar ese rostro adusto pero admirado de San Isidoro, el que flanquea la entrada a la Biblioteca Nacional. Un rostro grave, señorial, imponente. Y, una vez más, a través del objetivo de Maxín, humanizado.
Maxín esculpe (con el manejo del obturador, con algunos juegos de superposiciones reveladas, con acertados juegos de reflejos) veinte escenas que enternecen, que cautivan.
‘Afinidad’ se puede disfrutar todo este mes de marzo en el madrileño café ‘La Palma’.


Esther Peñas: “El humor tonifica el alma”





Exposición imprescindible donde el tiempo se congela y se crean afinidades, entre los personajes de las fotografías, entre estos y el artista, entre los que observamos desde el otro lado. Miramos y todo se detiene y los segundos parecen no pasar y, sin embargo, los sentimientos fluyen, y las sensaciones se amontonan y nos surgen historias y diálogos de los retratados y elucubramos respuestas a porqués que el fotógrafo nos plantea.
Unas fotografías que, después de vistas, basta cerrar los ojos para seguir contemplando, para continuar formando parte de su afinidad.
Todo un placer para los ojos del alma.