Corría el año 1931 y un jovencísimo Salvador Dalí de 27 años buscaba una noche algo original que añadir a un cuadro que estaba pintando.

Fue entonces cuando, tras mandar a Gala a la cama, observó los restos de un camembert derretido al borde de la mesa. Visto y … hecho.

Nacían esa noche los famosos relojes blandos del joven artista, que se recordarán como uno de sus objetos fetiche y que al verlos, su amante no pudo reprimir un: “Nadie lo podrá olvidar una vez visto”.

Ahora la obra “La persistencia de la memoria“, donde apreciamos esos relojes, se expone por primera vez en el Teatro Museo Dalí de Figueres (su lugar de nacimiento), hasta el 30 de marzo, gracias a un préstamo temporal del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA), propietaria del lienzo desde 1934.

Hemos querido rendir este pequeño homenaje al cuadro desde aquí, ya que aunque Dalí ya no está con nosotros, su genialidad desde muy jovencito merecía la pena ser comentada. Por cierto, que él decía: “Un reloj, sea duro o sea blando, no tiene ninguna importancia; lo importante es que señale la hora exacta”.