
Fotos: Jorge Villa
Embelesa escuchar y leer a Esther Peñas. La boca y las manos de esta joven creadora profieren con una facilidad, tan inusitada y exquisita para su edad, palabras ubicadas con tanto tino y primor que una, si no la viera, si no la conociera, inferiría que es una octogenaria que ha cuidado con esmero cada uno de sus vocablos.
Poeta es y por ello toda ella rezuma belleza. Peñas, Peñitas, como prefiere, es un ser tremendamente vital, infatigable, que no sabe decir “no” si le piden algo. Pero, ante todo, es una mujer agradecida y fraguada de fe razonada y razonable. Capaz de reírse de sí misma en todo momento y de sorprenderse con lo más nimio, Esther es una como una niña que se deslumbra y se descubre a cada instante. ¡Qué suerte!
Acabas de publicar tu segunda novela ‘El peso de una sombra’, pero tienes otra en el mercado, ‘Los silencios de Babel’, y además has publicado varios libros de poemas y coordinado otro par relacionados con la discapacidad. ¿Nos explicas esta trayectoria meteórica siendo aún tan joven y cómo se hilvanan unas obras con otras?
Cuando alguien tiene obras literarias de distinto género se debe a que el autor tiene una pasión desbocada por escribir, por comunicar y por contar historias propias o ajenas. Si tuviera que marcarme en un estilo, sin duda, sería el poético porque es el que mejor expresa el pequeño escritor que llevo dentro. Lo que ocurre es que la novela me da otro tipo de satisfacciones como la oportunidad de ser seducida por unos personajes porque es cierto que, aunque el personaje sea pergeñado por el autor, poco a poco, toma vida propia y se convierte en un ente un tanto autónomo respecto al escritor. Eso es un proceso absolutamente fascinante. Por otro lado, ‘Entrevistos’ muestra una faceta antitética a la novela porque en las entrevistas la que tiene que seducir es la entrevistadora al entrevistado.
¿Estás embarcada en algún otro proyecto narrativo en estos momentos?
Acaba de salir otro libro que se llama ‘Los estudiantes cuentan’ que he editado y coordinado. Es una obra que me encargó Unidis, que es el departamento de discapacidad de la UNED y cuyo propósito es ceder la voz a los estudiantes con discapacidad porque siempre somos nosotros, la personas sin discapacidad, los que hablamos de ellos. Sabemos lo que quieren, lo que necesitan, cómo son…
Por primera vez, ellos son los que se cuentan así mismos. Por mi parte, como coordinadora del libro, lo que he buscado es la experiencia de la unidad, que el lector se diera cuenta, una vez leída las once historias que lo componen o una de ellas, de que comparte muchos más momentos vitales con esa persona que no conoce y narra la historia de los que hubiera imaginado antes de leerla. Tenemos todavía muchos prejuicios y pensamos que la discapacidad todavía es algo insalvable. Para mí es algo meramente anecdótico, no es superficial, pero sí secundario.
En junio, Dios mediante, saldrá mi segundo libro de poemas que se titula ‘Penumbra’ y lo prologa Javier Lostalé, que es una persona de las que más ha hecho por la poesía en España.
¿Cómo se elije un prologista?
Cuando elijo uno no lo hago por la trascendencia de su nombre sino porque encuentro una afinidad vital, creativa, de compromiso, una comunión en la forma de entender la poesía en España… No sé si Javier Lostalé es uno de los mejores, pero, desde luego, a mí me lo parece.
Por cierto, por las dos ya pergeñadas, ¿cuánto tardas en escribir una novela?
En realidad tardo poco. ‘Silencios de Babel’ y ‘El peso de una sombra’ no me llevaron más de un mes. Bien es cierto que soy una escritora de novela tremendamente disciplinada. Procuro utilizar periodos de descanso y durante ese mes dedico a la redacción 7 u 8 horas al día. Previamente, he ido macerando la idea principal. Suelo trabajar de modo bastante esquemático. Por ejemplo, en la primera novela tenía el hilo argumental y, poco a poco, iba tirando de la madeja, no tanto improvisando, pero sí dejando un amplio margen a lo fortuito. Sin embargo, en la segunda novela me constreñí mucho más. Sí que tenía más o menos estructurado cada capítulo, pero siempre dejando, porque surge, aparece y te envuelve, un espacio a lo sorprendente.
¿Cree que vende más la homosexualidad en la narrativa o, por el contrario, ésta aún no ha salido del armario?
La homosexualidad como tal ya no vende porque el sexo como puro reclamo publicitario ha sido superado. Ahora vendería mucho más un discurso completamente antitético. Para llamar la atención actualmente uno se tiene que vestir de comunión, sacar la lengua, enseñar un pecho… decir que eres homosexual no tiene mayor interés. No creo que venda ni sea un género específico. Por otra parte, se agradece, al menos yo como lectora de literatura homosexual, que vayan siendo publicados libros en los que esta tendencia se refleje porque es parte de una normalidad, que es deseable por todos y también en el ámbito literario.
Respecto a ‘El peso de una sombra’. ¿De qué parte física o mental de un autor cálido como tú nace un personaje tan frío como el de Clarice Owen?
No tengo tan claro que sea una persona visceral como autora. En lo personal soy tremendamente temperamental en unos aspectos y muy fría en otros, como a la hora de escribir una novela o artículos o de preparar una entrevista. Todo en la vida es un equilibrio y hay que buscar éste en la técnica, que sería esa parte fría, más objetiva y meticulosa, y en la parte más mediterránea. Ese punto medio sería lo ideal. Clarice es una persona a la que le han hecho muchísimo daño. Hay muchas formas de responder a él y una de esas sendas, que es la que coge la protagonista, es parapetarse detrás de una coraza prácticamente inexpugnable. Eso le convierte en un personaje distante. Pero, a la vez, los personajes distantes son magnéticos porque exhalan tanto alejamiento que provoca la fascinación y se piensa que nunca se va a llegar hasta ellos, pero se llega.
¿Cómo surgió la brillante idea de que un difunto narrara ‘El peso de una sombra’?
Los muertos en mi vida, como persona y como lectora, tienen un peso específico enorme porque me interesan muchísimo todas las historias que giran en torno a personajes ausentes.
Por ejemplo, la historia de ‘Rebeca’ de Manderley, la de ‘Los gozos y las sombras’ de Ballester y muchas otras que podríamos destacar. Son historias que se articulan alrededor de alguien que ya no está y me fascina. No es excesivamente novedoso el hecho de que un muerto narre, pero sí plantea un problema de muy difícil solución que es la justificación de que un muerto cuente la historia. Me planteó un reto literario muy bonito y del que creo que, modestamente, salgo de una forma digna, al menos sin utilizar trucos.
¿Qué oportunidad narrativa te brindó hacer que la difunta que narra la historia no tuviera acceso a los pensamientos de las personas vivas que espiaba desde el otro lado?
Siempre me gustó mucho más Agatha Christie que Arthur Conan Doyle. Es decir, más la señorita Marple que Sherlock Holmes porque este último siempre utilizaba trampas, deliciosas, pero, por ejemplo, cuando estaba a punto de terminar la historia te desvelaba un detalle que tú como lector tendrías que haber sabido antes para poder recomponer la historia, pero nunca se te facilitaba. En cambio, Agatha Christie te da todos los elementos y, al final, con uno de ellos cerraba el círculo. Si yo jugaba a que el narrador era una muerta, pero esta podía saber los pensamientos de todos los personajes habría sido demasiado fácil. Lo bonito ha sido ofrecer al lector todas las piezas de la trama sin que existiera una trampa, un juego sucio.
Si tu pareja muriera, ¿serías capaz de inmiscuirse en todos sus rincones y recovecos? ¿Por qué?
Cuando mi pareja deja de ser mi pareja teniendo la posibilidad de inmiscuirme en sus recovecos más personales como pueden ser diarios, escritos, cartas de su vida… no lo he hecho. Eso no quiere decir que en un futuro con otra persona, o incluso con la misma, no lo hiciera. Cuando se me ha planteado la oportunidad no he querido hacerlo.
¿Te planteaste en algún momento que la narradora de tu obra, Berta, llegase a comunicarse después de muerta con Clarice? Puestos a imaginar, ¿cómo lo habrías hecho?
No lo haría porque Berta tiene un código ético y es muchísimo más madura que Clarice en todos los aspectos. Además, posee un amor mucho más sano hacia Clarice que el que esta la profesa a ella. Berta nunca habría contactado con Clarice porque sabría que, de hacerlo, la truncaría su vida sentimental para siempre.
Respecto a la homosexualidad, ¿crees que una tiende a replegarse cuando se sabe distinta?
(Ríe) No lo sé. Lo que tengo muy claro es que como lectora escindo por completo la parte personal. Es decir, el autor me interesa más bien poco y mucho más la obra. Así me gustaría que sucediera con mis libros, que cuando alguien los lea, me conozca o no, no piense que la protagonista o cualquier otro de los personajes soy yo. Y es que hay cosas que son mías y otras no. Es cierto que se estila mucho que el lector identifique plenamente al autor con su obra. Por ejemplo, por la última novela de Umberto Eco se le critica a él por su antisemitismo, racismo… Y él cuando estuvo en España lo desmintió porque, efectivamente, el hecho de que un protagonista de un libro sea un antisemita, con todo lo reprobable que tenga esa conducta, no quiere decir que el autor también lo sea. No quiere decir tampoco que se le exima por completo de responsabilidad el hecho de ser autor, pero, respondiendo a tu pregunta, uno puede ser distinto y estar perfectamente integrado o ser distinto y mirar la normalidad desde la barrera.
Lo apuntas en tu novela. ¿Cómo se mantiene el equilibrio en la fe cuando los oficiales de tu religión te repudian?
Los que repudian la homosexualidad son los ejecutivos de la fe. Estos son importantes y necesarios, pero no son los pilares. Cristo instituyó la fe no en el intelectual, no en Pablo, sino en el más patán porque Pedro era el más patán, en el fondo, y sobre él edificó su Iglesia. Es perfectamente compatible practicar la fe siendo homosexual. De hecho, Cristo no repudió a nadie por ser distinto.
¿Has practicado alguna vez una austera abstinencia de la carne? ¿Por qué se hace o por qué lo destacas en tu libro?
Lo destaco, precisamente, porque es una vía válida. Una de las cosas que más se ha criticado de este libro es que uno de los personajes fundamentales es un sacerdote. Hay otros caminos, otros credos, otras formas de vida tan válidas como las predominantes. La abstinencia de la carne no es mala en sí misma, al igual que una desaforada carrera sexual. Ambas opciones son respetables y son dos caminos distintos y válidos.
De una forma libre la abstinencia de la carne, ¿por qué no? Es un método muy apto para llegar a muchas cosas. Por ejemplo, los budistas la practican porque entienden que el sexo distrae, y distrae mucho, revoluciona las hormonas. Químicamente está demostrado. Eso no quita que sea maravilloso, por supuesto. Y sí, la he practicado.
¿Cuántos homenajes puede llegar a realizar una escritora en una sola obra? Aquí, desde luego, hay varios. ¿Alguno que quieras rescatar para nuestros lectores?
Soy una persona de cuadro clínico complejo en general. Soy muy obsesiva, de hecho, reconozco mis obsesiones y la literatura surge siempre, o casi siempre, de una obsesión. Casi todo lo importante que hace uno en la vida surge de una obsesión que le anima, que le empuje y que hace que nada le arredre para realizarla. Tanto en ‘El peso de una sombra’ como en ‘Los silencios de Babel’ hay un peso muy importante del cine, de una manera o de otra, y por ello hay una enumeración caótica de grandes artistas. Esto ocurre, por ejemplo, cuando Clarice y Laura se encuentran en el bar de Gabriela y observan y charlan sobre todas las actrices que aparecen retratadas en las fotografías colgadas en las paredes del local. En ‘Los silencios de Babel’ también hay una admiración profunda de la protagonista hacia el cine antiguo.
Hay muchos homenajes en las dos novelas. En la primera, el personaje de la cantante está basado en un personaje real que entrevisté y ocurre, en la realidad y en el libro, que existe un disco que no aparece en ninguna página web, los temas de ese disco no son cantados por la intérprete en sus conciertos, no quiere hablar de él pese a mi insistencia… Entonces, esa persona deja en el aire un enigma que yo resuelvo como escritora.
En ‘El peso de una sombra’ el sacerdote está basado en una persona real, no la historia que cuenta, pero sí rescato que es un tipo poco ortodoxo. Gabriela es otro personaje real…
¿Qué significa para ti la introducción de un cura en una novela de pasión entre mujeres?
Algo normal. Mucha gente me apunta que es contradictorio, pero parto de la base de que el ser humano es contradictorio en sí mismo. La solución no está tanto en encajar esas contradicciones o en disminuir su número, sino en armonizarlas. Si uno no tuviera contradicciones se volvería totalmente rígido. Por ejemplo, gente del Opus o de partidos extremos, religiosos o no religiosos, son rígidos porque tratan de evitar una contradicción y esto es complicadísimo y exige un esfuerzo físico y emocional atroz por el que se paga un alto coste emocional que, personalmente, no quiero pagar.
¿Qué prefieres, rememorando una frase de tu libro, una vida hermosamente cotidiana o más bien como una montaña rusa?
Soy más de ‘hermosamente cotidiana’. Las montañas rusas no me gustan. Me gusta dejar un amplio margen a la improvisación, pero soy como una auriga manteniendo las bridas, dejando que el caballo se desboque por momentos, pero sabiendo siempre hacia dónde se dirige el animal.
En tu opinión, ¿cuál es la lección moral más importante de la novela si pretendías encerrar alguna?
Toda la buena literatura es pedagógica. No sé si ‘El peso de una sombra’ es buena literatura y si es pedagógica no ha sido premeditado. Los grandes autores que escriben libros que, a la postre, siempre son pedagógicos nunca tienen la intención. Por eso funcionan. Cuando quieres dar un mensaje muy concreto, dogmático en cierto modo, la historia no funciona, pierde la magia, porque pretendes sojuzgar todos los elementos para lograr que tu mensaje llegue al lector. Por ejemplo, ‘El camino’, de Escrivá de Balaguer, me resulta tremendamente aburrido.
Si esa es la fe, no quiero profesar ese credo. En cambio, ‘El cantar de los cantares’, ‘La noche oscura del alma’, de Santa Teresa, ‘Los salmos’, ‘El libro de Job’… firmas donde sea porque son hermosas. Todas las obras me parecen magníficas siempre y cuando no se atisbe un tufo de adoctrinamiento.
‘El peso de una sombra’ se cierra con un abrazo muy especial. ¿Cuál es el poder del abrazo?
Los expertos dicen que para que un abrazo tenga un efecto anímico para las dos personas que entrelazan sus cuerpos tiene que durar, al menos, seis segundos. Mis abrazos siempre son más largos, por lo tanto, paso esa prueba. El abrazo es fundamental. Los cuerpos se ensamblan a la perfección en el abrazo y eso tiene que tener un motivo. Es el signo de amor más bonito hacia la pareja, el amigo, la madre… porque se acompasan las respiraciones, se tocan las mejillas, se juntan los pechos, los cuerpos están muy unidos y siempre hay un cruce de miradas en el inicio y al finalizar el abrazo. Es el gesto redondo.
Por último, ¿qué pide Esther Peñas al mundo y, más concretamente, a la literatura, tanto a la que consume, que me consta que es mucha, como a la que crea?
Que me siga emocionando, que lo va a hacer porque hay literatura de sobra que ya está escrita y estoy pendiente de zambullirme en ella. Esto como lectora. Como autora que me siga deparando alegrías inmerecidas de todo punto como publicar una tercera novela.



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