El Goya al mejor documental del año, “Invisibles“, le toca en parte a Javier Corcuera por saber plasmar algunas de las realidades sociales más olvidadas. Para este director de cine, filmar una película es sinónimo de contar verdades sociales, y no siempre tienen porqué tener un final feliz. Lo que hace es que mete el dedo en la llaga ahí donde hacemos la vista gorda.
Ha participado en numerosas iniciativas de carácter solidario, como el ciclo “La voz de los sin voz”, para La Casa Encendida. Uno de los trabajos de los que más orgulloso se siente es uno cuya historia
“habla de unas niñas que viven en una ciudad de la Amazonia en Perú, de su realidad y cómo tienen que trabajar para sobrevivir. La película trata en paralelo la pérdida de la identidad de las naciones de la Amazonia, de cómo sus habitantes tuvieron que emigrar a las ciudades desde el interior de la selva y cómo fueron desapareciendo progresivamente”.
Su cine se destaca por resultar comprometido, fresco, contundente:
“Se pueden contar temas sociales desde la realidad y la ficción de la misma manera, y lo importante es contar una buena historia, independientemente de que sea un documental o ficción”.
Y por ello, sus personajes, sus actores, suelen no ser actores. ¿El motivo?
“Me gusta que determinadas historias tengan ese valor de que quien las cuenta es realmente quien las está viviendo. Es decir, me parece interesante que en películas como “Invierno en Bagdad” los espectadores salgan del cine pensando: esta historia no solamente es verdadera, sino que ese chico de Bagdad está viviendo esa realidad en este momento”.


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